Pedro F. Carmona Estanga

Es casi redundante afirmar que el mundo vive una de las etapas más convulsionadas e inciertas de los tiempos contemporáneos. Los conflictos bélicos entre Rusia y Ucrania, Israel-Hamás, India-Pakistán y Yemen (Hutíes), entre otros, amén de la sacudida provocada por las decisiones de política arancelaria adoptadas por la administración Trump, y del grave problema migratorio global, son apenas algunos de los temas más prominentes en el complejo escenario internacional actual.

Los efectos sobre la Unión Europea de los 27 (UE) en materia energética, de seguridad y defensa, y en el tema migratorio, colocan al bloque en un difícil trance. De una parte, la necesidad de garantizar la seguridad energética y superar la dependencia del suministro de gas ruso, han obligado a impulsar el desarrollo de las energías renovables, y en algunos casos a revisar las metas del Plan Verde Europeo para llegar a la neutralidad climática en el año 2050, y a una reducción del 55% de emisiones en 2030 en comparación con los niveles de 1990, todo ello a través de mejoras en la eficiencia energética y de un mayor uso de energías limpias en la industria, edificaciones y transporte.

De otra parte, la UE enfrenta el grave problema del elevado crecimiento de los flujos migratorios, especialmente a través del Mediterráneo, que generan tensiones políticas, humanitarias, y fricciones entre los Estados miembros. Algunos países abogan por políticas restrictivas a la admisión de migrantes, y en varios de ellos afloran tendencias nacionalistas asociadas a partidos políticos de ultraderecha, con una visión soberanista, euroescéptica, y en algunos casos xenófoba. Ello es sin duda consecuencia no solo del volumen de migrantes llegados a Europa, sino de las secuelas culturales, religiosas, de seguridad, y de integración, especialmente en el caso de grupos provenientes de África y del mundo islámico. El problema es también visible en EE.UU., que ha dado origen a las duras políticas restrictivas promovidas por la actual administración.

Los riesgos que plantea el crecimiento de la ultraderecha -que no así de la centroderecha europeísta- son principalmente el aumento de la polarización, consecuencia de una retórica que exacerba el divisionismo social, amén de retrocesos en derechos y valores democráticos promovidos por dichos grupos, que desafían la cohesión europea, al cuestionar algunos principios fundacionales de la Unión, como son las políticas comunes en diversos ámbitos de la vida económica y social, y el carácter supranacional de algunos de los órganos de gobierno del proceso de integración, así como su elevado costo. El crecimiento de la ultraderecha es especialmente notorio en Francia, Alemania -ambos pilares fundamentales de la Unión- así como en Italia, Suecia, Portugal, Austria y Holanda.

La invasión rusa a Ucrania ha alertado acerca de la vulnerabilidad de Europa ante las amenazas del ambicioso vecino del este, y ello ha motivado cambios estratégicos en países que se habían mantenido neutrales, como es el caso de Finlandia y Suecia, que dieron el paso de adherirse a la OTAN, organismo de defensa tan denostado por la administración Trump, integrado ahora por 32 países.  Ante esa realidad, y a las presiones de EE.UU. para que Europa asuma una mayor carga en el financiamiento de su defensa, existe ahora mayor conciencia sobre la necesidad de independizar más a Europa de EE.UU. en los costos de su defensa. La Comisión Europea ha anunciado un plan de equipamiento e incrementos presupuestarios en defensa y seguridad, los cuales no deben ser en ningún caso ser inferiores al 2% del PIB, aunque EE.UU. aspiraría a que alcancen el 4%.

La amenaza rusa, sus políticas expansionistas y de “guerra híbrida”, así como las intenciones de Trump de aplicar altos aranceles a las exportaciones de la UE, en hasta el 50% -decisión que está postergada hasta julio- refuerzan la necesidad de mantener la unidad, y así enfrentar juntos los retos del presente, y las estrategias para debilitarla, en las cuales coinciden Rusia y EE.UU.

La unidad de Europa es pues un objetivo geopolítico superior. No es poco lo logrado por Europa en sus 75 años de esfuerzos integracionistas. Es de hecho el esquema más ambicioso y exitoso del mundo, como lo demuestran hechos como los siguientes:

  • El logro de la paz. Los visionarios de la postguerra: Schuman, Monet, De Gasperi, Adenauer, e incluso Churchill, pensaron que la integración económica era el medio para restañar las heridas dejadas por las guerras, y evitar la reedición de futuros conflictos. Así ha sido. Los países de la UE no se han visto de nuevo involucrados en conflictos bélicos entre ellos. Por el contrario, los dos grandes rivales del pasado, Francia y Alemania están hoy hermanados, y son los pivotes fundamentales del proceso.
  • La gradualidad, la progresividad y la voluntad política, han permitido evolucionar desde etapas incipientes del proceso de integración a etapas muy avanzadas, como lo es la Unión Económica y Monetaria, con no pocos principios y valores propios de una unión política.
  • Individualmente los países tendrían una limitada gravitación mundial. Pero la voz unida de 27 pesa mucho más. Además, si bien la UE alberga solo el 6% de la población mundial, representa entre el 15% y 16% del PIB y del comercio a nivel global.
  • El comercio intracomunitario en un espacio ampliado, libre de barreras, representa en la actualidad en promedio un 64% del comercio exterior total de los 27 países miembros. 
  • El Euro, aplicado por 20 de los 27 países de la UE, es hoy una moneda de intercambio y de reservas, con una paridad fuerte, que juega en el mismo terreno del dólar de EE.UU.
  • La UE es el único proceso en el mundo que ha perfeccionado las cuatro libertades, es decir que se ha perfeccionado un mercado único de bienes, servicios, capitales y personas.
  • La UE mantiene acuerdos de libre comercio con 130 países o grupos de países del mundo.
  • La UE ha construido un sólido derecho comunitario, resumido en el Tratado de Lisboa e instituciones que garantizan su fortaleza, así como en reglamentos, directivas y decisiones. La supranacionalidad de algunas instituciones como como la Comisión Europea o el Banco Central Europeo han implicado renuncias voluntarias a la soberanía clásica, que han sido asumidas a conciencia, en aras de un interés superior.
  • En atención a las asimetrías, la UE cuenta con fondos de cohesión, destina recursos a las regiones más atrasadas y a la reconversión productiva, y ha sido solidaria en crisis económica como la del 2008 o la de la pandemia, caso este en el cual dispuso de 700.000 millones de euros para la recuperación de los países más afectados.
  • Pese a diferencias en algunos temas, la UE ha logrado un alto nivel de armonización de políticas, y ha avanzado en temas de política exterior, seguridad, justicia, agricultura, energía, transportes, y de solidaridad ante amenazas o tragedias naturales, entre otros.

Por ello, ante a los desafíos del presente, los logros de la UE son mayores con creces a perfectibles falencias, o en retos como la unidad y la corrección de rezagos tecnológicos o competitivos. Así, la UE se mantiene como un proyecto histórico, exitoso y necesario, y más allá de las corrientes neonacionalistas en auge, la unidad de Europa tiene hoy igual o mayor vigencia que la que inspiró a los padres fundadores al término de la II Guerra Mundial.