Pedro F. Carmona Estanga

La guerra en el Medio Oriente, desencadenada tras la ofensiva de Estados Unidos e Israel contra Irán, ha evolucionado más allá de sus objetivos iniciales para convertirse en un caso de profundas implicaciones estructurales. Lo que en principio parecía una operación orientada a provocar el colapso del régimen iraní, se ha transformado en un conflicto de desgaste que evidencia errores de cálculo estratégicos, tensiones entre aliados y riesgos sistémicos para la economía mundial.

El primer equívoco radica en la premisa de que la eliminación del liderazgo supremo iraní conduciría al derrumbe de su sistema político. Esta hipótesis recuerda experiencias de intervenciones previas en la región, y revela incomprensión de la naturaleza del Estado iraní. Para Vali Nasr, la República Islámica no es solo un régimen autocrático sostenido por una figura central, sino un entramado institucional, ideológico y militar de hondas raíces. Bajo contextos de amenaza externa, lejos de fragmentarse, estos sistemas tienden a consolidarse en torno a una narrativa de resistencia. Pese a las importantes protestas protagonizadas en meses pasados contra el régimen islámico, la guerra actual opera como un mecanismo de cohesión interna, más que como un factor de desestabilización.

Este error de apreciación se vincula a su vez con una divergencia entre las agendas de Estados Unidos e Israel. Mientras Israel concibe el enfrentamiento con Irán en términos existenciales y no descarta por tanto una estrategia de confrontación prolongada hasta neutralizar la amenaza iraní, EE.UU. enfrenta situaciones más complejas. Su papel en el sistema internacional, su exposición económica y, sobre todo, las limitaciones asociadas a la política doméstica y electoral hacen que una guerra larga sea difícilmente sostenible. De allí que la asimetría de intereses entre ambos países introduce una tensión en la alianza entre ambos países, que podría profundizarse a si el conflicto se prolonga.

Donald Trump luce atrapado en una escalada, sin aún salidas claras. La estrategia oscila entre la retórica maximalista de la derrota de Irán y la apertura de canales de negociación que obedecen más a una reacción a los acontecimientos, que a una planificación coherente. Este patrón ha sido observado en otros escenarios de política exterior de EE.UU. y fue analizado por Henry Kissinger, quien advertía sobre los riesgos de involucrarse en conflictos donde la superioridad militar no se traduce en objetivos políticos alcanzables. El dilema actual de Washington refleja esa advertencia: una vez iniciada la confrontación, los costos de retirarse pueden ser tan altos como los de continuar.

Las consecuencias económicas de esta dinámica son inquietantes. El cierre del estrecho de Ormuz ha introducido un shock de oferta energética de dimensiones globales, al afectar una arteria vital de comunicación del planeta. Para la Agencia Internacional de Energía, la interrupción prolongada de los flujos de petróleo y gas en esta región tiene efectos inmediatos sobre los precios, e impactos sobre las cadenas de valor: desde la producción industrial hasta la seguridad alimentaria. No se trata por tanto de una crisis energética aislada, sino de un fenómeno de efectos sistémicos y prolongados.

En lo inmediato, el resurgimiento inflacionario, cuando las economías comenzaban a estabilizarse tras varios ciclos de perturbación. La combinación de altos precios energéticos y la desaceleración del crecimiento asoma peligrosos riesgos de estanflación. En palabras de Nouriel Roubini, el mundo enfrenta una posible “trampa de shocks de oferta recurrentes”, en la que los instrumentos tradicionales de política económica pierden eficacia. Si el conflicto se mantiene, el riesgo de una recesión global deja de ser una hipótesis remota para convertirse en una indeseable realidad.

Paralelamente, la guerra está acelerando procesos de realineación geopolítica que ya se encontraban en gestación. China y Rusia observan el conflicto como una oportunidad para erosionar el liderazgo de EE.UU., mientras algunos actores regionales buscan posicionarse como intermediarios en eventuales procesos de negociación. Este desplazamiento del eje diplomático sugiere una transición hacia un orden internacional más fragmentado, donde la capacidad de mediación ya no es monopolio de las potencias tradicionales.

En este escenario, si bien la presunción de una supuesta “invencibilidad” de Irán no sería pertinente, muestra sí a un actor capaz de imponer costos elevados al mundo y a las potencias adversarias. Su dominio de formas de guerra asimétrica, su red de alianzas regionales y su capacidad para afectar puntos neurálgicos del sistema económico global como el estrecho de Ormuz, le confieren una capacidad que ha sido subestimada, y evidencian los límites del poder militar convencional.

Las implicaciones de esta situación se extienden también a otros actores. Países como Venezuela podrían beneficiarse indirectamente del alza de los precios del petróleo, lo que revaloriza sus grandes reservas, en un momento de reconfiguración del mercado energético. Sin embargo, esta posible ventaja está condicionada por factores internos que limitan en lo inmediato la capacidad de respuesta de Venezuela. De otra parte, la activación de actores no estatales aliados a Irán como Hezbolá, las milicias chiíes de Irak o los hutíes en Yemen, introducen elementos de expansión potencial del conflicto, que multiplican la inestabilidad y dificultan cualquier intento de contención.

Así, las perspectivas de solución del conflicto son inciertas. Si bien existen iniciativas de mediación impulsadas por Pakistán, Egipto, Turquía y China, la escalada y la profunda desconfianza entre las partes reducen el margen para una solución diplomática efectiva en el corto plazo. Como ha sugerido Fareed Zakaria, los conflictos contemporáneos tienden a prolongarse, no por la imposibilidad de negociar, sino por la dificultad de construir condiciones políticas que hagan viable un acuerdo.

En suma, la guerra en el Medio Oriente ha dejado de ser un episodio regional para influir sobre transformaciones globales. En efecto, ha puesto en evidencia los límites del poder militar como instrumento de cambio político, ha expuesto fisuras en las alianzas tradicionales y ha reintroducido riesgos económicos de gran escala en un sistema internacional ya tensionado.

Ello amén de una inquietante paradoja: las grandes potencias condicionan lógicas de supremacía que no necesariamente responden a la complejidad del mundo contemporáneo. El rediseño del equilibrio mediante la fuerza tiene a limitar sus objetivos inmediatos, y erosiona la estabilidad global que pretende defender. Igual ocurre en el conflicto en Ucrania, donde Rusia utiliza su poderío militar para doblegar a ese país, aunque a un alto costo y con una duración que supera ya los cuatro años. 

Para Estados Unidos, la lección es especialmente compleja. Como advertía Henry Kissinger, ninguna estrategia es sostenible si no se articulan con claridad los medios y los fines. En el caso analizado de Irán, la rivalidad entre ambos países parece haberse acrecentado. Y en ese vacío estratégico, no necesariamente emerge un nuevo orden, sino un escenario incierto, fragmentado y potencialmente peligroso. La pregunta es entonces, no tanto cómo terminará esa guerra, sino qué dejará a su paso. Porque si algo enseña esta crisis es que las guerras contemporáneas no se ganan: se prolongan, se expanden o finalmente, se heredan.