VENEZUELA Y COLOMBIA: HERMANOS SIAMESES

Pedro F. Carmona Estanga

Venezuela y Colombia nacieron como hermanos siameses, separados quirúrgicamente tras la disolución de la Gran Colombia, visionario proyecto del Libertador Bolívar que debió enfrentar las apetencias localistas de Páez, Santander y Flores, para conformar luego las Repúblicas de Venezuela, Colombia y Ecuador. No obstante, la historia, la geografía y los nexos de sangre en las extensas zonas de frontera, han permitido tejer vínculos indisolubles entre Colombia y Venezuela, pese a los avatares de coyunturas políticas adversas. Fue el genio de Bolívar caraqueño, ascendido por el Congreso de la Unión a Brigadier General y declarado ciudadano de la Nueva Granada, el pivote de la relación histórica entre ambas naciones. En la Carta de Jamaica de 1815, Bolívar plasmó sus primeras ideas sobre integración continental, entre ellas la unión de la Nueva Granada y Venezuela en una nación que llamaría Colombia, en homenaje al descubridor de América, más tarde ratificada por el Congreso de Angostura de 1819 y el Congreso Constituyente de la Villa del Rosario de Cúcuta en 1821, una vez sellada la independencia de la Nueva Granada en las batallas de Pantano de Vargas y Boyacá en 1819, y la de Venezuela en 1821 con la gloriosa batalla de Carabobo, como pasos previos a la campaña del sur, que permitió liberar al Ecuador y al Perú en 1822 y 1824 respectivamente.  

En 1821, Bolívar le escribe a O´Higgins en Chile: “falta poner el fundamento del pacto social que debe formar de este mundo una Nación de Repúblicas”, y le propuso la asociación de Chile, Buenos Aires, Perú, Colombia (Gran Colombia), y México, que sería “asombro para Europa”. Bolívar afirmó que “los estados americanos serían naciones independientes, ligadas por una ley común para sus relaciones externas; habría un Congreso permanente de sus representantes; el orden interno sería materia propia de cada estado; ninguno sería ni más débil ni más fuerte respecto a los demás en un perfecto equilibrio; todos ayudarían al que sufra un ataque; no se admitirían diferencias por origen o color y se alcanzaría la reforma social bajo los auspicios de la libertad y la paz”. Si dicha propuesta al Congreso Anfictiónico de Panamá de 1826 hubiera triunfado, existirían los Estados Unidos de Latinoamérica. Pero surgieron recelos y ausencias que lo impidieron. No obstante, el pensamiento integracionista del Libertador no descansaba, y consideró la constitución de una Confederación de los Andes que iría desde las Bocas del Orinoco al desierto de Atacama. Curiosamente, en Perú existían posturas opuestas a la consagración de principios democráticos y republicanos, y en general, visiones miopes de liderazgos locales, que impidieron que prosperara. Al decir de Liévano Aguirre, fue una lucha entre la proclama de Bolívar “para nosotros la patria es América”, o la de Páez, para quien Venezuela era “su patriecita”, la de Santander que solo veía a la Nueva Granada, la de Flores bajo el localismo ecuatoriano, la de Gamarra y La Mar que buscaban consolidar un imperio feudal en Perú, la de Rivadavia en Argentina, o a tantos otros que “con ambiciones y talentos limitados esperaban una provincia cualquiera, y en medio de tambores y músicas marciales, ser llamados benefactores de los pueblos y elegidos presidentes de un estado soberano”.

Más tarde, en 1948 tras la creación de OEA, surgió un proyecto para la creación de una Unión Económica y Aduanera entre Colombia, Ecuador, Panamá y Venezuela, los viejos integrantes de la Gran Colombia, pero entre indecisiones de algunos y cambios políticos en otros, quedó pospuesto. Solo al suscribirse el Acuerdo de Cartagena en 1969, hoy Comunidad Andina (CAN), a la cual adhirió Venezuela en 1973, se sentaron las bases para que se intensificaran la integración entre Colombia y Venezuela, y con Ecuador, la tercera pieza grancolombiana. El intercambio comercial colombo-venezolano registraba a comienzos de los años 70 cifras exiguas, como consecuencia de años de proteccionismo y aislamiento. El promedio anual del intercambio bilateral en el período 1970-1974 fue de solo US$ 28 millones, y dicho promedio fue creciendo gracias a la integración a US$ 622 millones entre 1980 y 1982, hasta la cifra récord de US$ 7.298 millones en 2008, de los cuales US$ 6.100 millones fueron exportaciones colombianas a Venezuela, con amplio superávit para Colombia. Y lo más importante: un 84% del intercambio estaba representado por productos manufacturados de alto valor agregado, generadores de empleo y de riqueza. Colombia y Venezuela llegaron a conformar una unión aduanera, con un arancel externo común y la eliminación de todo tipo de restricciones al comercio, amén de haber construido un profundo tejido empresarial entre dos socios naturales, que comparten una frontera de 2.219 Km2. Venezuela fue para Colombia el segundo socio comercial y el primero para las exportaciones de productos industriales; y para Venezuela, Colombia fue el primer destino para las exportaciones no petroleras, especialmente de la industria pesada: siderúrgica, aluminio y petroquímica.

Hugo Chávez, presidente desde 1999, nunca se sintió atraído por la integración económica, pues su mirada estaba puesta en temas políticos, militares y financieros, para tratar de irradiar el modelo socialista. Por ello, y por razones ideológicas que no lo identificaban con los demás gobernantes del área andina, bajo el pretexto de que Colombia y Perú estaban negociando un TLC con EE.UU., Chávez denunció el Acuerdo de Cartagena en abril de 2006 e inició negociaciones para incorporar a Venezuela al Mercosur, ambos errores históricos y geopolíticos notorios, no compartidos por muchos sectores de la sociedad venezolana. Comenzó así el deterioro del intercambio bilateral y la destrucción del valor construido a lo largo de tantos años y esfuerzos, hasta llegar a cifras despreciables de intercambio de US$ 241 millones en 2019, un 3,3% del valor alcanzado en 2008.

Al consolidarse el retiro de Venezuela de la CAN, ambos países firmaron en 2012 un acuerdo comercial en el marco de la ALADI, que ha resultado simbólico, pues el modelo socialista venezolano supuso la intervención del comercio exterior y un duro control de cambios. En la actualidad, las relaciones bilaterales están en mal momento, suspendidas en el plano diplomático y consular por la ilegitimidad del régimen de Maduro, y las amenazas que desde Venezuela se incuban contra la paz en Colombia de parte del ELN y FARC, amén de las alianzas con el narcotráfico, el crimen organizado, y los difíciles efectos que ha tenido para Colombia el masivo flujo de inmigrantes venezolanos, cercano a 1,8 millones de personas, sin estar preparada para ello. Ello ha sido una retribución generosa, a la hospitalidad que en el pasado brindó Venezuela a varios millones de colombianos.

Queda esperar el día en que se consolide un cambio político en Venezuela, en el cual se iniciará el restablecimiento de relaciones respetuosas y fructíferas entre los dos países, partiendo de la reincorporación de Venezuela a la CAN asomada por el presidente interino Juan Guaidó, sin subestimar el inmenso potencial de negocios que generaría para ambos países la reconstrucción de Venezuela, no solo en el reabastecimiento del país en bienes y servicios esenciales, sino en el rescate del aparato productivo hoy virtualmente destruido. Serán tiempos de nueva prosperidad para ambos y de esfuerzos conjuntos por el desarrollo que rendirán frutos, además de garantizar la paz y el bienestar de los pueblos y fronteras comunes. Una cosa es absolutamente cierta: no habrá paz perdurable en Colombia, mientras no haya cambios políticos y de progreso en la vecina Venezuela.