MIGRACIÓN Y XENOFOBIA

Pedro F. Carmona Estanga

En junio de 2020 escribí en este mismo Blog un artículo que titulé “Migración y Demografía”, en el cual analizaba las consecuencias geopolíticas, demográficas y sociales de las inmensas corrientes migratorias que ocurren en el mundo, y algunos de los problemas a ellas asociados. Hoy he considerado conveniente abundar en la relevancia del tema, y en la aparición de fenómenos nacionalistas o xenófobos alrededor del planeta, de insospechadas consecuencias.

Insistiré primero en la magnitud del problema. Según un informe de la ONU de 2019, existían para ese año 272 millones de migrantes en el mundo, 51 millones más que en 2010, la mayoría de ellos radicados en Europa (82 millones) y en América del Norte (59 millones), en particular Estados Unidos (51 millones). Le siguen el Norte de África y Asia occidental (Arabia Saudita y Emiratos Árabes), con cerca de 49 millones y Australia con 8 millones, cifras que reflejan un aumento progresivo con respecto a décadas anteriores.

En cuanto a los países de origen, India ocupa el primer lugar con 18 millones de emigrantes, seguida de México, con 12 millones, China 11 millones, Rusia 10 millones, Siria 8 millones, y aunque Venezuela no está citada en dicho informe, la cifra bordea en la actualidad los 6 millones de personas, la mayor diáspora que haya conocido Suramérica en toda su historia, acercándose a las cifras de Siria. Estos dos últimos casos, Siria y Venezuela, potencian la cifra de la migración forzada por las condiciones políticas y de violencia prevalecientes, y el número de demandantes de refugio y asilo, sin olvidar otras situaciones sensibles como la persecución a la etnia Rohinyá en Myanmar, la cual ha huido principalmente a Bangladesh, India e Indonesia, o el caso de los migrantes de Sudán del Sur. Según datos recientes de ACNUR, entre 2020 y 2017, hay 13 millones de nuevos refugiados y demandantes de asilo alrededor del mundo, la mayoría de ellos personas en edad de trabajar.

Es innegable pues la existencia de un fenómeno de enorme dimensión, no exento de problemas para las naciones receptoras, y para la capacidad de asistencia de los organismos internacionales y ONG que se ocupan de la materia. Pese a ello, todos los análisis coinciden en que, dada la casi nula tasa de natalidad del mundo desarrollado, y la indisposición de su población de asumir tareas menores, la migración aporta, y evita un decrecimiento demográfico mayor en esos países, en los cuales se ha ido generando un grado mayor de mestizaje y multiculturalismo. Pero, más allá de ocupar oficios poco atractivos para la población autóctona en países avanzados, tanto el informe de la ONU como una amplia bibliografía, reconocen la contribución que los migrantes a la fuerza laboral en los países a los que llegan. A manera de ejemplo, es indudable el aporte de tantos destacados profesionales latinoamericanos en un país como Estados Unidos, en campos como el de la educación, la medicina, la ciencia, la ingeniería, la tecnología, la cultura, y hasta en temas sofisticados como la aeronáutica, o el que, a manera de ejemplo, cumplen destacados profesionales indios que ocupan posiciones de liderazgo en Europa y en Estados Unidos.

Nadie niega la necesidad de promover una migración y una movilidad humana ordenada, segura, regular y responsable en los países receptores, tema sobre el cual hay que destacar dos hechos recientes: la decisión del gobierno del presidente Iván Duque de otorgar un Estatuto de Protección Temporal que permitirá regularizar en los próximos 10 años a inmigrantes venezolanos que se encontraran en territorio colombiano antes del 31 de enero de 2021, un hito en la historia migratoria de América Latina, que ha merecido el elogio de muchos líderes del mundo democrático y religioso. La medida favorecerá a 966.000 migrantes venezolanos irregulares en Colombia, del total de 1.729.000 que se encuentran en el país, ya que unos 720.000 estaban regularizados.

Otro paso importante fue el dado por el presidente Joe Biden, al aprobar el Estatus de Protección Temporal (TPS) por 18 meses, para unos 320.000 migrantes venezolanos que se hallan en un limbo legal en Estados Unidos. Dicho estatus constituye una loable medida de ayuda humanitaria, dadas las “condiciones extraordinarias y temporales” existentes en Venezuela, decisión que ha sido celebrada por los afectados y por el gobierno de transición, no así por el régimen de Maduro, quien la descalifica, al igual que a la decisión del presidente Duque, evidenciando así su indiferencia ante la avalancha de venezolanos forzados a huir del país, en la mayoría de los casos en búsqueda de condiciones mínimas de vida, inexistentes en el país.

 Al nivel mundial, el nivel acumulado de los flujos migratorios es solo comparable con el registrado durante la Segunda Guerra Mundial. Quizás por ello, han surgido en el Reino Unido, Polonia, Hungría, Chequia, Eslovaquia y en otros países de Europa del Este que sufrieron el yugo comunista, corrientes ultranacionalistas que se oponen a decisiones comunitarias en materia migratoria, junto a inquietantes brotes xenofóbicos. En nuestra región, después de que Venezuela acogió generosa a millones de migrantes de países hermanos y de Europa, que dieron una indudable contribución a su desarrollo, hemos visto con tristeza casos como el del candidato a la presidencia del Perú Daniel Salaverry, quien han hecho de la migración de venezolanos una bandera de campaña en términos agresivos y xenófobos, olvidando, según testimonios, que estudió en Venezuela. Son esas expresiones irresponsables de populismo, que luego alimentan actos como el ataque vandálico ocurrido contra la sede de la Embajada de Venezuela en Lima.  O sin ir más lejos, el repudio que ha generado recurrentes expresiones xenófobas de la alcaldesa de Bogotá, quien ha achacado a los venezolanos el aumento de la delincuencia en la ciudad, exacerbando sentimientos adversos, que contrastan con la noble actitud del gobierno del presidente Duque, y de la mayoría del pueblo colombiano.

En Europa, muchos ciudadanos de sus excolonias en África, Asia y el Caribe, donde no hubo desarrollo, buscan ahora afanosamente el sueño europeo. Es también la situación de tantos mexicanos y centroamericanos que tratan día a día de cruzar la frontera con Estados Unidos, en pos de mejores condiciones de vida. Y en cuanto a Venezuela, el problema radica “in situ”, pues el régimen despótico y depredador condujo al país a la miseria. Por ello, es necesario que la comunidad internacional se alíe para encontrar una salida al problema en sus raíces. Es una falacia alegar, como lo expresan Lula da Silva y AMLO, que la solución del problema solo está en manos de los venezolanos, olvidando que se trata de un país ocupado. Y en el caso centroamericano, EE.UU. debería comprometerse en planes de desarrollo económico y social, y así, de paso, aliviar la presión migratoria. Para Colombia, el apoyo de los organismos de la ONU y de países con recursos para aliviar el costo de la migración, es oportuno y necesario. No más etiquetas del delito con ninguna nacionalidad. Los cometidos por venezolanos, todos desde luego repudiables, no representan ni el 2% de los cometidos en el país, y menos del 1,7% de los presos en las cárceles. La inmensa mayoría es gente de bien. A la minoría que delinca, que se le aplique todo el peso de la ley. Concluyo lamentando de corazón el asesinato reciente de un joven policía de manos de dos compatriotas, que enlodan nuestro gentilicio, y expresando a sus adoloridos familiares y compañeros, una sentida condolencia, junto con un pedido de perdón ajeno, en nombre de la Venezuela decente.