REFLEXIONES A LOS 80

Pedro F. Carmona Estanga

Dios me ha bendecido al poder celebrar hoy mis 80 años de edad, con salud y vitalidad, razón por la cual lo glorifico y le doy gracias. Nací el 6 de julio de 1941 en lo que era un pueblo grande, Barquisimeto, Estado Lara, tierra que durante siglos fue asiento de mis antepasados de la línea paterna, aunque de raíces caroreñas, Distrito Torres de ese entonces. Venezuela contaba en 1941 con solo 3,8 millones de habitantes, y Barquisimeto, tercera ciudad del país, tenía apenas 77.500 habitantes, mientras que la capital, Caracas, escasos 561.000 habitantes. Mi ciudad era apacible, segura, conservadora, donde todos se conocían y convivían amablemente, como una gran familia. Dos meses antes de mi nacimiento, el 5 de mayo, se producía la transición entre los presidentes Eleazar López Contreras e Isaías Medina Angarita, gobernantes que marcaron la transición a la democracia, tras la muerte del dictador Juan Vicente Gómez. Y una semana antes de ver la luz del mundo, Rómulo Betancourt fundaba el partido Acción Democrática, que marcó indudable historia en la vida de la nación. El planeta sufría la tragedia de la Segunda Guerra Mundial, y justo días antes de mi alumbramiento, el 22 de junio, Hitler iniciaba la invasión a la URSS en la tristemente célebre operación Barba Roja, escenario de sangrientas batallas, que marcaron el principio del fin del absurdo y cruel nazismo.

Venezuela comenzaba tímidamente a salir de su secular pobreza, y por ello el estilo de vida era austero, pese a la gradual expansión de su industria petrolera, y que el país fue el principal suplidor de hidrocarburos de los aliados en la citada conflagración planetaria. Me siento por tanto privilegiado de haber visto el tránsito de la Venezuela pobre a la Venezuela urbana y de oportunidades, que tanta inmigración positiva atrajo al país, de sus grandes transformaciones, entre ellas en infraestructura, a la par de los inmensos cambios ocurridos entre un mundo atrasado, incomunicado, y la deslumbrante revolución tecnológica, gerencial y de comunicaciones de décadas recientes. En aquella época comenzaban a llegar al país los primeros artefactos eléctricos modernos, y el incremento del exiguo parque automotor, lo cual era motivo de alegría para todos. Aún recuerdo en mi muy primera infancia el reparto del carbón para cocinar a lomo de burros, de arepas de maíz pilado a domicilio, y leche distribuida en cántaros de aluminio, en carros de mula. ¡Qué cambios!

Mis hermanas y yo tuvimos la fortuna de contar con unos padres abnegados, trabajadores como pocos, de valores, y de recibir una educación cristiana tanto en el hogar como en buenos colegios de la ciudad. Para mí fue el Colegio La Salle la institución que me marcó en forma indeleble, y donde pasé los años más felices de mi vida. Allí nacieron amistades indestructibles e inolvidables recuerdos, hasta que debí migrar a la capital para iniciar mis estudios de Economía en la Universidad Católica “Andrés Bello”, centro de estudios dirigido por la comunidad jesuita. Aunque en Caracas residían mi abuela y varios tíos y primos, fue la familia Anzola-Pérez, de un cuasi hermano y compañero, la que me brindó su generosa hospitalidad hasta el día de mi grado en 1964. Desde niño sentí una marcada vocación internacional, y como desde estudiante ya trabajaba en el Ministerio de Relaciones Exteriores, a los tempranos 23 años inicié una carrera diplomática, que tuvo como destinos principales Bruselas, Montevideo, el servicio interno, ese gran semillero que fue el Instituto de Comercio Exterior, el SELA, y más tarde Lima, en funciones directivas en el Acuerdo de Cartagena, hasta iniciar en 1985 una productiva trayectoria de dirigencia empresarial en Industrias Venoco, de la mano del siempre recordado Julio Sosa Rodríguez, así como en la actividad gremial en la Asociación Venezolana de Exportadores, la Cámara de Comercio e Integración Venezolano-Colombiana, la Asociación Venezolana de la Industria Química y Petroquímica, la Confederación Venezolana de Industriales, y la Federación de Cámaras y Asociaciones de Comercio y Producción (Fedecámaras), enriquecedoras vivencias y oportunidades para aportar a los objetivos de desarrollo nacional. En esos tiempos conocí personalmente a los presidentes de los 40 años de democracia (1959-1999): Rómulo Betancourt, Raúl Leoni, Rafael Caldera, Carlos Andrés Pérez, Luis Herrera, Jaime Lusinchi, y más tarde a Hugo Chávez, con quien cambió la historia de Venezuela y de mi vida, pues condujo al país a la destrucción de la democracia, de la economía e instituciones, amén de la siembra de antivalores, profundizados por su sucesor Nicolás Maduro. Y desde la actividad internacional y de la integración económica, tuve la suerte de interactuar con gobernantes y compañeros de trabajo de varios países de América Latina y del mundo. 

Durante la crisis política de abril de 2002, me vi impulsado, sin buscarlo pero sin cobardía, a asumir la encomienda de encabezar un breve gobierno de transición democrática para llamar a elecciones limpias, justas y con supervisión internacional. Fue un revés y una oportunidad perdida para salvar al país del totalitarismo que avanzaba, como fueron también numerosas las oportunidades perdidas posteriormente para rescatar la libertad, en virtud del desmedido afán del régimen de perpetuarse en el poder. La falta de garantías me obligó al exilio, y a iniciar en Colombia una nueva etapa de la vida, que ya suma 19 años, difícil pero acertada decisión, pues acá he recibido la generosa acogida de amistades e instituciones, y la posibilidad de dedicación plena al estudio y a actividades académicas en la Universidad Sergio Arboleda, y como invitado en otras universidades colombianas y latinoamericanas. Esta pincelada de ocho décadas de existencia, 54 años de ellas junto a Gladys, mi compañera de camino en las buenas y en las malas, y de mi entrañable hijo Gustavo Adolfo, nuera y nietos, a quienes tanto extraño por la distancia física que nos separa, me dejan reflexiones, que no resulta fácil esbozar en tan cortas líneas:

  1. La vida es fugaz y se nos escurre de las manos. Hay que vivir plenamente cada día, con pasión por lo que se hace, y esmerarse en dejar un legado como persona, líder, intelectual, educador o emprendedor, y ser ejemplo a la juventud con una conducta honesta, que es el mayor capital que puede atesorar un ser humano.
  2. La familia es el pivote fundamental de la sociedad, y a ella hay que conceder la mayor dedicación y esfuerzo posible, sembrando en esa célula valores y principios, más aún cuando hoy prevalece una fuerte corriente relativista, e influencias culturales que tienden a menospreciarlos, siendo muchas de ellas ajenas a nuestra idiosincrasia.
  3. Los valores espirituales, sea cual fuere la creencia que se profese, representan un asidero para el ser humano, pues hacen llevaderos los reveses o dolores en este tránsito terreno, y afianzan la esperanza y el bien, principios clave en la calidad humana, y porque, además, no lo dudo, existe la vida trascendente después de la muerte. Cuando morimos, nacemos a la luz eterna.
  4. El amor, la generosidad con el prójimo, el perdón, el valor de la amistad, la sinceridad, la motivación, y el esfuerzo por liberarse de mezquindades, envidias y prejuicios, son retos permanentes a lo largo de la vida. No vale la pena perder el corto tiempo de la existencia en diatribas y discusiones tóxicas o intrascendentes, lo que no implica claudicar en la defensa de principios o creencias fundamentales.
  5. La lucha por la libertad, la justicia y el Estado de Derecho lo vale todo. Allí sí hay que emplear toda las energías y capacidad de lucha. El despotismo, el abuso de poder, las tiranías, representan una degradación inadmisible, pues vulneran el sagrado derecho al respeto a la dignidad humana. Al decir de J.F. Kennedy: “Hay riesgos y costos al actuar, pero son menores que la comodidad pasiva”.
  6. El conocimiento siempre triunfa. La mente, inexplorada, es como un iceberg del cual solo vemos la superficie. Pero debajo subyacen profundidades y espacios que ofrecen la posibilidad de cultivarla, y de no pasar por la vida en forma incompleta.
  7. Lo material, las vanidades y honores, son tan efímeros como la belleza física. Hay que conceder prioridad a pasar por la vida haciendo el bien, cultivando la amistad, y ayudando a quien lo necesita. Ello deja más satisfacciones que el afán por el dinero, que jamás debe ser considerado como un fin en sí mismo, sino un medio a nuestra disposición para contribuir tanto al bienestar personal como de nuestro entorno.
  8. Explorar nuevas culturas y países, y disfrutar de las maravillas de la naturaleza, me ha dado grandes satisfacciones a lo largo de la vida, aunque me falta mucho por visitar. Pero si no a todos resulta posible hacerlo, hay que tratar de al menos recorrer el país en que se vive, sus regiones, diversidad e idiosincrasia.
  9. Los errores cometidos a lo largo de la vida, siempre que no sean de naturaleza criminal, representan el mayor tesoro para el ser humano, en la medida en que sean bien asimilados. Decía Churchill con acierto: “Si en su vida no hay fracasos, es porque no está tomando suficientes riesgos”. 

Ruego a Dios que en el tiempo adicional de vida que me conceda, prevalezca la luz, la salud y la capacidad mental, dones infinitos, siempre en compañía de amigos y seres queridos, y que pueda seguir dedicando tiempo, mientras me acompañen la energía de que hoy gozo, a escribir, leer, pensar, y a la enaltecedora actividad de educar y servir a los demás. Y, adicionalmente, que me permita ver más temprano que tarde a la amada patria Venezuela, de nuevo próspera y libre del yugo que la oprime. Y a Colombia, noble país de adopción, firme en sus convicciones democráticas y libertarias, y en camino franco al desarrollo. Que así sea.