LA GUERRA RUSIA-UCRANIA: VIDAS, ECONOMÍA Y ENERGÍA

Pedro F. Carmona Estanga

La invasión de Rusia a Ucrania cobra miles de víctimas inocentes. El anuncio inicial de Putin de que no se atacarían instalaciones civiles sino objetivos militares ha resultado en un engaño. La destrucción de conjuntos habitacionales, hospitales pediátricos y maternidades, escuelas, centros culturales, infraestructura de comunicaciones y refugios, ha sido masiva e inmisericorde. Las imágenes valen más que mil palabras. Como resultado, son ya más 3,4 millones de ucranianos los que han huido del país hacia naciones vecinas de la Unión Europea y, según ACNUR, 6,5 millones más se encuentran desplazados dentro del país,. Ello de un total unos 40 millones de habitantes, de los cuales el 78% es de origen ucraniano étnico, y solo un 17% de origen ruso.

Pese a los incuestionables antecedentes que vinculan histórica y culturalmente a los pueblos ucraniano y ruso, tal como lo afirmara en mi artículo anterior, Ucrania pasó a ser en 1991 un Estado independiente y soberano, reconocido por tratados internacionales y otros acuerdos válidos. Es del caso recordar que los Estados están obligados a cumplir los tratados internacionales legítimamente suscritos conforme a la Convención de Viena sobre Derecho de los Tratados de 1969, la cual estipula que las partes deben respetar, conforme al principio de buena fe, lo dispuesto en los tratados vigentes, amén del principio universal derivado del derecho romano del “pacta sunt servanda”, es decir que los tratados celebrados entre Estados deben ser plenamente observados.

Son comprensibles las diferencias que puedan surgir entre países por razones geopolíticas, geoestratégicas o de seguridad, pero nada invalida los compromisos internacionales en vigor, ni mucho menos justifica la vía de hechos, como es la violencia ejercida contra un pueblo que lucha por preservar su integridad territorial e independencia, más allá de las pretensiones de la potencia rusa, de que los territorios de mayoría étnica rusa, como es el caso de Crimea y ahora la región oriental de Donbás, se escindan de Ucrania y pasen a formar parte de la Federación Rusa. Se entiende sí, que la eventual membresía de ese país a la OTAN, sería una provocación innecesaria contra Rusia y por ello, el propio presidente Zellesnky ha manifestado que ese paso no estaría contemplado.

Occidente ha respondido a la invasión a Ucrania con duras sanciones, es decir, con una guerra económica, consistente en restricciones financieras, congelación de fondos nacionales y bienes personales de dirigentes y de oligarcas cercanos a Putin, retiro de los bancos de la plataforma Swift, cierre de espacios aéreos, restricciones a la compra de hidrocarburos, a viajes, a la operación de empresas y bancos rusos, bloqueo a las compras de productos de alta tecnología, y envío de ayuda militar a Ucrania, sin que implique la intervención directa de fuerzas de la OTAN en ese país.  

Los efectos económicos de la invasión a Ucrania no han demorado en sentirse. El petróleo, el gas y otros commodities se han disparado en los mercados internacionales, provocando en Europa, por el elevado precio del gas, un aumento desmedido en las tarifas eléctricas que duelen a la población, así como de los combustibles en EEUU, donde el nivel alcanza en promedio US$ 4,26 dólares por galón. Los minerales y los cereales han batido récords, entre ellos el trigo, que ha llegado a US$ 344 por TM, así como la cebada, el maíz y la soya, estimulando la inflación mundial, que era ya preocupante a raíz de la pandemia. De otra parte, la decisión de Alemania de suspender la certificación del gasoducto Nord Stream II para el transporte del gas ruso hacia su país ha afectado duramente a las petroleras rusas Gazprom y Rosneft y ha llevado a los constructores a la quiebra, golpeando también a algunas empresas británicas, francesas y austríacas asociadas al proyecto.  

Estados Unidos ha tratado de estimular a otros países productores a aumentar su oferta de hidrocarburos, lo cual podría resultar factible en países como Canadá, Arabia Saudita y los del Golfo Pérsico, pero ello no ocurre de un día para otro. La polémica visita de funcionarios de EEUU a Venezuela tuvo al parecer más que ver con las gestiones para la liberación de presos estadounidenses, y con las posibilidades de reanudación de los diálogos entre oposición y gobierno en México, pues la realidad es que para paliar la crisis energética mundial la producción petrolera venezolana no es suficiente, apenas cercana a los 800.000 b/d, y en el mejor de los casos podría llegar al millón de b/d, muy lejos de la capacidad de producción al momento de asumir Chávez el poder en 1999, de 3,4 millones de b/d. La industria petrolera venezolana, hoy destruida por el régimen gobernante, requeriría de miles de millones de dólares de inversión para incrementar sustancialmente la producción. Por tanto, Venezuela no es actualmente un actor relevante en el mercado, pese a disponer de inmensas reservas y, de otro lado, el gobierno de EEUU reitera que el levantamiento de las sanciones contra ese país debe tener como contraparte la definición de una agenda creíble hacia la celebración de elecciones limpias y con garantías. 

En cuanto a la economía rusa, el impacto inmediato de las sanciones ha sido descomunal, motivando interrogantes sobre cuánto podría soportar ese país un costo tan elevado sin que sucumba en una crisis mayor, la cual arruinaría la calidad de vida de su pueblo, con efectos adicionales complejos en la política interna, o que incurra en un default en las obligaciones de su deuda externa. Por lo pronto, decenas de empresas internacionales han suspendido sus operaciones en Rusia, entre ellas las operadoras de tarjetas de crédito internacionales, y empresas como BP, Shell, Equinor, Exxon Mobil, PWC, General Motors, Ford, Volkswagen, Toyota, Samsung, Microsoft, Apple, HP, Intel, Nike, Inditex, Netflix, EA, Airbnb, Google, Ikea, Oracle, Dell, Boeing, Airbus, Spotify, Walt Disney, Paramount, WarnerMedia, Universal y TikTok, a las cuales se agregan proveedores de repuestos para aviones, equipos, y productos de alta tecnología de origen europeo o estadounidense, que afectan gravemente la actividad económica y la vida corriente de la población rusa.  

De otra parte, el rublo ruso se ha devaluado entre un 40% y un 50% desde el inicio de la guerra, el PIB ha perdido alrededor de US$ 30.000 millones, con lo cual la contracción podría alcanzar este año entre 10 y 15%, con una inflación potencial de 15% según la OCDE, hechos que irradian a la economía global haciéndole perder al PIB un punto porcentual, y presiones inflacionarias en torno al 2,3% para el conjunto del planeta. Las autoridades rusas se han visto además obligadas a aplicar un “corralito” a los movimientos de divisas, limitando los retiros a titulares de divisas a US$ 10.000 hasta septiembre, y si se excede dicho tope, deberán hacerlo en rublos a la tasa oficial del día.

En suma, colocando primero la pérdida de vidas humanas incluyendo la de miles de niños y los innumerables heridos, el Papa Francisco ha suplicado a los responsables de la guerra a detenerla, por “insensata y repugnante” por representar una “crueldad inhumana y sacrílega, porque va contra vidas humanas e indefensas”, siendo que la vida debe ser respetada y protegida por encima de cualquier interés o estrategia. A ese llamado se han sumado millones de voces en el globo, que claman por un inmediato alto al fuego y por la retirada de las tropas rusas de Ucrania, las cuales han sufrido también importantes bajas, incluyendo hasta ahora cinco Generales. ¡Basta de ríos de sangre y lágrimas en Ucrania! Ojalá que las negociaciones entre  las partes lleven a un feliz término.

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