Pedro F. Carmona Estanga

El siglo XXI ha venido configurándose de manera progresiva, como el escenario del ascenso de la República Popular China hacia una posición de predominio global. La que era hace apenas cuatro décadas una economía agrícola y aislada durante el régimen de Mao Zedong, se ha transformado en una potencia económica, tecnológica, comercial y militar capaz de disputar a Estados Unidos (EE.UU.) el liderazgo del sistema internacional. La magnitud de esta transformación constituye uno de los fenómenos geopolíticos más trascendentales de la era contemporánea.

China se ubica hoy como la segunda economía del planeta, con un PIB que supera los US$ 18 billones, frente a aproximadamente 29 billones de EE.UU. Pero, medida en términos de paridad de poder adquisitivo, la economía china ya sobrepasa a la estadounidense, reflejando el sostenido crecimiento alcanzado gracias a las reformas impulsadas por Deng Xiaoping desde finales de los años setenta. El gigante asiático se ha convertido además en el primer exportador del mundo, y en la principal potencia manufacturera global, dominando sectores clave de las cadenas globales de suministro.

El debate sobre si China alcanzará a EE.UU. como primera economía mundial, calculada no ya en términos de paridad de poder adquisitivo, sino de PIB nominal, es decir, en dólares corrientes, varía considerablemente. Durante la década pasada, algunos centros de estudio estimaban que el sorpasso económico chino ocurriría antes de 2030. Sin embargo, la desaceleración de la economía china derivada del envejecimiento demográfico, la crisis del sector inmobiliario, la reducción de la productividad y las tensiones geopolíticas con Occidente, han moderado esas previsiones. Aun así, de mantenerse las tendencias actuales, con China creciendo entre 4% y 5% anual y EE.UU. alrededor del 2% a 3%, sería posible que China alcance el PIB nominal estadounidense en la década de 2030 o a comienzos de la siguiente. Otros expertos sostienen que el relevo podría demorar más, debido a la resiliencia tecnológica y financiera de EE.UU., cuyo dólar se mantiene como eje del sistema económico internacional. En cualquier caso, aún sin superar a EE.UU. en el PIB nominal, China se ha consolidado como potencia industrial y principal exportadora del planeta, con creciente capacidad de influencia en la economía mundial y en el equilibrio geopolítico del siglo XXI.

Más allá del ámbito industrial y comercial, China avanza con fuerza en la carrera tecnológica global. Las cifras de propiedad intelectual muestran una asombrosa transformación: cerca de la mitad de los registros de patentes del planeta provienen de China, aunque EE.UU. mantiene una posición relevante en innovación de alta complejidad tecnológica. La competencia entre ambas potencias no se limita pues al comercio o a la geopolítica tradicional, sino que se libra crecientemente en el terreno del conocimiento, la inteligencia artificial, las telecomunicaciones y las tecnologías estratégicas del siglo XXI.

La influencia china se ha expandido en el mundo en desarrollo. América Latina, África y amplias regiones de Asia reciben cuantiosas inversiones chinas en infraestructura, minería, energía, telecomunicaciones y transporte. China trata de proyectarse como un socio pragmático, algo menos condicionado a las exigencias políticas planteadas tradicionalmente por Occidente. Ello ha facilitado su penetración económica y diplomática, asegurándole además acceso a materias primas estratégicas y ampliando simultáneamente su esfera de influencia.

Particular importancia reviste la llamada Nueva Ruta de la Seda. Ese ambicioso proyecto geoeconómico busca conectar Asia, Europa, África y parte de América Latina mediante corredores ferroviarios, puertos, carreteras, oleoductos y redes digitales. Más allá de su dimensión comercial, constituye una estrategia de alcance geopolítico destinada a consolidar a China como eje central del comercio y de las comunicaciones del siglo XXI, no exenta de críticas.

El ascenso chino se ha visto además favorecido por las tendencias aislacionistas presentes en EE.UU. En efecto, bajo la administración Trump, Washington ha reactivado políticas proteccionistas, o bien inspiradas en la antigua doctrina Monroe del “América para los americanos”, procurando limitar la expansión económica y tecnológica china mediante aranceles, restricciones comerciales, controles sobre semiconductores y presiones diplomáticas sobre sus aliados occidentales. La rivalidad entre ambas potencias se ha convertido así en un eje fundamental de la política internacional contemporánea.

Con todo, la reciente reunión entre el presidente Donald Trump y el mandatario chino Xi Jinping ha generado expectativas acerca de una posible distensión al menos parcial entre Washington y Pekín. Ambos gobiernos parecen conscientes de que una confrontación abierta tendría consecuencias devastadoras sobre la economía mundial. Las interdependencias comerciales y financieras entre las dos mayores economías del planeta obligan a mantener espacios de negociación, aun en medio de las profundas rivalidades estratégicas prevalecientes.

Persisten, sin embargo, puntos altamente sensibles que condicionan la normalización de las relaciones bilaterales. El principal de ellos sigue siendo Taiwán, cuya eventual reunificación constituye para China un objetivo irrenunciable. Cualquier intento de independencia de la isla podría desencadenar una crisis militar de grandes proporciones. A ello se suma la preocupación estadounidense por el creciente apoyo chino a Rusia, particularmente en el contexto de la guerra en Ucrania, así como por los fuertes vínculos que mantiene con Irán.

El Medio Oriente representa otra dimensión crítica de la política exterior china. Pekín depende en forma considerable de las importaciones energéticas provenientes del Golfo Pérsico y mantiene una relación estratégica relevante con Teherán. De allí la sensibilidad china frente a la crisis en el Estrecho de Ormuz, punto neurálgico por donde transita una parte sustancial del petróleo mundial. Una interrupción prolongada del tráfico marítimo en esa zona tendría graves repercusiones para la economía china y para el comercio internacional.

Paralelamente, China avanza aceleradamente en la modernización de sus fuerzas armadas. Su expansión naval en el mar de China Meridional, el fortalecimiento de su industria militar y el desarrollo de capacidades tecnológicas en inteligencia artificial, telecomunicaciones y ciberseguridad, reflejan la intención de consolidar un poder integral de alcance global. Empresas como Huawei, BYD y Tencent simbolizan el tránsito de China de una economía manufacturera de bajo costo, hacia una potencia basada en la innovación tecnológica.

A pesar de este impresionante ascenso y de los importantes desafíos internos de China antes analizados, las tendencias estructurales del sistema internacional indican que el siglo XXI seguirá estando marcado por la competencia estratégica entre EE.UU. y China, en una transición un orden mundial crecientemente multipolar. 

La gran interrogante en nuestro tiempo radica en determinar si esa rivalidad desembocará en mecanismos de coexistencia y equilibrio, o si derivará en confrontaciones de mayor peligrosidad para la estabilidad global. Creemos que más que una simple sustitución de hegemonías, el mundo parece dirigirse hacia una coexistencia compleja entre grandes centros de poder. Lo cierto es que el ascenso de China constituye un hecho irreversible, que está redefiniendo profundamente las relaciones internacionales contemporáneas.