Pedro F. Carmona Estanga

La India, para muchos un país lejano, extraño, pese a sus complejidades sigue convirtiéndose a pasos agigantados en una de las cinco primeras economías del mundo. Con su gran extensión de 3,3 millones de km2 (tres veces el tamaño de un país como Colombia), y la mayor población planetaria: 1.500 millones de personas, crece a tasas de entre 6 y 8% anual, superando los porcentajes de China en los últimos años. Se estima que, de mantener esos índices de crecimiento, India será en la próxima década la tercera economía del mundo, y si Estados Unidos continúa con niveles del 2 al 3%, hacia el año 2050 India podría igualar el tamaño de la economía de ese país. Ello pone en evidencia los grandes cambios en curso en la economía mundial, y la mayor gravitación de Oriente, frente a un relativo estancamiento de las economías maduras de Occidente.  

Pese a ello, la India es un país de contrastes: su dimensión económica, los avances tecnológicos en campos como la industria farmacéutica, la exploración espacial con instituciones como la Indian Space Research Organisation, un poderoso sector servicios y uno de los sectores agropecuarios más fuertes del mundo, conviven con desigualdades y problemas sociales, como lo revela el hecho de que el PIB per cápita (nominal) alcanza apenas US$ 3.000 anuales, muy por debajo de los promedios de otros países emergentes. A la vez, India se ha convertido en un exportador de talento humano calificado, como lo muestra el papel de ciudadanos de origen indio en cargos de dirección en importantes empresas multinacionales, en centros tecnológicos como el Silicon Valley en California, o en la dirección política en ciudades como Londres o Nueva York, entre otros. Son dignos de mención los nombres de Sundar Pichai, CEO de Google y de Alphabet, empresa matriz; Satya Nadella, nombrado CEO de Microsoft en 2014; y Arvind Krishna, desde 2020 CEO de IBM. La trayectoria de estos ejecutivos resalta uno de los fenómenos más notables de la India contemporánea: la capacidad de su sistema de educación superior, con los prestigiosos Institutos Indios de Tecnología (IIT), orientados a formar profesionales que luego ocupan posiciones de liderazgo global, y una de las razones por las que India se ha convertido en potencia tecnológica y fuente de talento en el mundo.

Cuando la India inició las reformas económicas en 1991 e impulsó la electrificación, la educación y los servicios públicos, cerca de la mitad de la población vivía en condiciones de pobreza. El concepto de pobreza multidimensional de las Naciones Unidas incluye no solo el ingreso, sino variables como salud, educación, vivienda, saneamiento y acceso a la electricidad. Los indicadores revelan una caída significativa de esa pobreza, de 55% en 2005-2006 a 16% en 2021. Es decir, que 400 millones de indios salieron de la pobreza multidimensional en 15 años, en tanto que la pobreza extrema descendió del 27% de la población en 2011-2012, a 5,3% en 2022-2023. 

Subsisten no obstante más de 200 millones de personas bajo pobreza multidimensional, con notables diferencias entre zonas urbanas y rurales y desigualdades en el ingreso. Otros factores que se plantean como obstáculos al desarrollo social son los tabúes culturales o religiosos que determinan una baja movilidad social, limitaciones alimenticias como el no consumo de carne vacuna, o de otra parte la existencia de 22 lenguas, siendo el hindi la lengua materna del 44% de la población, mientras que, a manera de fortaleza, el manejo del inglés es amplio en el sistema educativo, en la administración pública, la justicia y el mundo de los negocios. 

La composición religiosa marca también la diversidad del país. Predomina el hinduismo en el 80% de la población, el islamismo 14,2%, el cristianismo 2,3%, el sijismo 1,7% y el budismo 0,7%. Millones de musulmanes se radicaron en lo que es hoy Pakistán al producirse la partición de la India en agosto de 1947, al decidirse la independencia del país de Inglaterra. En aquella oportunidad, la Liga Musulmana defendió la creación de un Estado separado para los musulmanes, que incluyó también a Pakistán Oriental, que desde 1971 es la actual Bangladés. La partición fue uno de los episodios más traumáticos de la historia moderna: cerca de 18 millones de personas cruzaron las nuevas fronteras, y ello explica las tensiones que prevalecen entre la India y Pakistán, especialmente por las diferencias en torno a la región de Cachemira. 

India es hoy la mayor democracia parlamentaria del mundo, con un gobierno estable, donde prevalece el Estado de Derecho y reglas previsibles para los inversionistas, lo que representa una clara ventaja en comparación con China, amén del ya señalado manejo del idioma inglés. El actual primer ministro Narendra Modi ha sido un líder exitoso, y es considerado el arquitecto del ascenso económico reciente del país. Sus críticos señalan preocupaciones relacionadas con el nacionalismo hindú de Modi ante algunas minorías religiosas, así como por ciertas tendencias a la concentración del poder. 

En aspectos geopolíticos, India ha concentrado su prioridad en el continente asiático, región en la cual ha celebrado tratados de libre comercio con varios países. En materia de política internacional, Modi ha privilegiado una posición prudente ante a los conflictos mundiales, basando su política exterior en el concepto de “autonomía estratégica”. Las relaciones con China mantienen una creciente rivalidad estratégica, con disputas fronterizas en el Himalaya. Con Pakistán, el conflicto histórico en Cachemira continúa siendo el principal foco de tensiones y enfrentamientos. India es un miembro activo del grupo de los BRICS, recientemente ampliado, con una mirada puesta hacia el océano Índico, aunque en tiempos recientes ha estimulado la cooperación con Estados Unidos, Japón y Australia en el marco del llamado Quadrilateral Security Dialogue, sin desmedro de mantener relaciones estratégicas con Rusia. India optó por no suscribir el Tratado de Libre Comercio mayor del mundo, el llamado RCEP (Comprehensive Economic Partnership), del cual forman parte 15 economías asiáticas y de Oceanía, alegando razones estratégicas y de protección económica. 

Recientemente, la presidenta interina de Venezuela viajó a Nueva Delhi con el propósito de negociar acuerdos de cooperación energética y comercial entre ambos países, los cuales contribuirían a diversificar las fuentes indias de suministro petrolero, tan dependientes de Rusia y el Medio Oriente. India es uno de los mayores importadores de petróleo del mundo, y por ello procura ampliar los proveedores energéticos, aprovechando la flexibilización de restricciones decididas por Estados Unidos, especialmente con Venezuela. La India tiene ante sí otro reto: dar mayor prioridad a los problemas ambientales asociados al importante uso de carbón, mediante el desarrollo de fuentes de energía renovable. 

En suma, el ascenso de India constituye uno de los fenómenos económicos y geopolíticos más trascendentes del siglo XXI. La combinación de dimensión demográfica, dinamismo empresarial, capacidad tecnológica y creciente influencia internacional, convierten a la India en un actor clave en el nuevo equilibrio mundial. Sin embargo, el mayor desafío no será únicamente convertirse en una de las más grandes economías del planeta, sino que ese crecimiento se traduzca en mayores niveles de prosperidad, equidad y bienestar para sus 1.500 millones de habitantes. Si India logra mejorar las condiciones sociales mediante un desarrollo inclusivo, se convertirá no solo en una potencia económica, sino en uno de los principales actores de la nueva configuración del poder mundial en las próximas décadas.