Pedro F. Carmona Estanga
Alemania representa la principal economía de la Unión Europea (UE), de la cual fue uno de los países fundadores desde las primeras etapas de la integración europea en la posguerra. Es también el país más poblado de la Unión, con alrededor de 83,5 millones de habitantes, y su PIB representa cerca del 24% del PIB total de la UE. Alemania es una república parlamentaria integrada por 16 Estados federados, cada uno con su propia Constitución, tres de ellos ciudades-estado: Berlín, Hamburgo y Bremen. El Canciller es el jefe del Gobierno, mientras el Presidente es el jefe del Estado, con funciones fundamentalmente representativas.
La reunificación de Alemania, ocurrida en octubre de 1990 después de la caída del Muro de Berlín, puso fin a 41 años de división entre la República Democrática Alemana (RDA) y la República Federal de Alemania (RFA). Fue un cambio trascendente y complejo en la historia europea y mundial, así como en la vida de millones de personas, pues significó la reintegración de dos espacios económicos y sociales que habían evolucionado durante décadas bajo sistemas políticos, económicos y culturales distintos.
Pese a los enormes recursos destinados por Alemania Occidental a la modernización de los territorios de la antigua Alemania Oriental, persisten diferencias económicas, sociales y políticas entre ambas partes del país. En particular, continúa existiendo en sectores de la población oriental la percepción de haber recibido un trato desigual durante el proceso de reunificación. Esta realidad se ha reflejado también en el comportamiento electoral de las últimas décadas. Paradójicamente, en varias regiones que estuvieron bajo la égida comunista se ha producido un crecimiento particularmente significativo de organizaciones políticas situadas en la derecha radical, entre ellas Alternativa para Alemania (AfD).
Alemania Occidental, después de la tragedia nazi, contó con importantes líderes políticos que contribuyeron a que un país devastado por dos guerras mundiales en menos de medio siglo, y protagonista de ambas, resurgiera en el denominado “Milagro Alemán” y se convirtiera en una de las principales potencias económicas del mundo. Desfilan entre ellos figuras como Konrad Adenauer (1949-1963), Ludwig Erhard (1963-1966), Willy Brandt (1969-1974), Helmut Schmidt (1974-1982), Helmut Kohl (1982-1998), Gerhard Schröder (1998-2005) y Angela Merkel (2005-2021). El actual Canciller es Friedrich Merz, de la CDU, quien asumió el cargo en mayo de 2025.
El predominio de los dos grandes partidos tradicionales —la democracia cristiana CDU/CSU y la socialdemocracia SPD— y su alternancia en la Cancillería constituyeron una de las características fundamentales del sistema político alemán durante buena parte de las últimas ocho décadas. Los primeros tres Cancilleres, entre 1949 y 1969, pertenecieron al campo demócrata-cristiano. En 1969 triunfó Willy Brandt como primer Canciller socialdemócrata, seguido por Helmut Schmidt. Con Helmut Kohl la CDU retornó al poder, alternando posteriormente con el socialdemócrata Gerhard Schröder; Angela Merkel, nuevamente de la CDU; Olaf Scholz, del SPD; y, desde 2025, Friedrich Merz, de la CDU. Naturalmente, durante este largo período los gobiernos fueron, en numerosos casos, de coalición con otros partidos.
Algunos factores están motivando cambios de significación en el actual panorama político alemán. Uno de ellos es la desaceleración económica experimentada en los últimos años. La economía alemana depende en buena medida de un sólido sector industrial y de la exportación de bienes manufacturados, mientras el sector servicios ha avanzado considerablemente en materia de digitalización. Sin embargo, la economía sufrió dos años consecutivos de contracción, en 2023 y 2024, y apenas creció 0,2% en 2025. Durante 2026 se ha producido una recuperación: el PIB aumentó 0,3% en el segundo trimestre respecto del primero y 1% frente al mismo trimestre del año anterior. Los principales institutos económicos alemanes han elevado recientemente sus previsiones para 2026 hasta alrededor de 1,3%, aunque advierten que persisten importantes problemas estructurales.
A esta situación se agregó el impacto de la crisis energética provocada por la guerra entre Rusia y Ucrania. Alemania había llegado a depender en gran medida del gas ruso, circunstancia que contribuyó durante años a la competitividad de su industria. El proyecto Nord Stream 2, prácticamente concluido, nunca llegó a entrar en funcionamiento: su certificación fue suspendida por Alemania en febrero de 2022, poco antes de la invasión rusa de Ucrania. Paralelamente, Alemania culminó en 2023 el cierre de sus últimas centrales nucleares, dentro de una política energética orientada hacia las fuentes renovables. El encarecimiento de la energía ha afectado especialmente a sectores industriales intensivos en consumo energético. La Comisión Europea ha señalado precisamente el shock energético y sus efectos sobre costos, precios, ingresos reales y márgenes empresariales entre los factores que han lastrado la economía alemana.
De otra parte, la política comercial proteccionista de Estados Unidos y la creciente competencia china en sectores estratégicos de la economía alemana, particularmente el automotor y los vehículos eléctricos, han añadido nuevas dificultades a la industria. Alemania continúa siendo una de las grandes potencias exportadoras del mundo, pero su modelo económico, tradicionalmente apoyado en la combinación de industria, energía relativamente barata y mercados externos, se encuentra sometido a una transformación profunda.
El sensible tema migratorio está teniendo asimismo un indudable impacto en el escenario político alemán. Alemania enfrenta un proceso de envejecimiento demográfico y un crecimiento natural negativo, pero la inmigración ha compensado en buena medida esa tendencia. Según los datos más recientes de Destatis, alrededor de 21,8 millones de personas tenían en 2025 un trasfondo migratorio, equivalente a más de una cuarta parte de la población. Entre quienes llegaron al país desde 2015 tienen especial importancia los procedentes de Ucrania, Siria, Rumania y Polonia, además de la numerosa comunidad de origen turco establecida desde hace décadas. La dimensión del fenómeno migratorio se ha convertido en uno de los principales temas de confrontación política.
La vivienda constituye otro de los ejes de la problemática social y política alemana. El aumento del precio de los inmuebles y, particularmente, de los alquileres, ha generado una creciente preocupación en las grandes ciudades. La demanda de viviendas supera en numerosos centros urbanos a la oferta disponible, convirtiendo el acceso a la vivienda en un factor adicional de malestar social.
A ello se suma la persistencia de manifestaciones de antisemitismo, que han adquirido especial sensibilidad en un país marcado por el Holocausto y por la responsabilidad histórica del régimen nazi. El fenómeno ha reabierto un debate particularmente delicado sobre los límites de la libertad de expresión, la seguridad de la comunidad judía y la defensa de la memoria histórica.
En los últimos años se ha venido registrando un crecimiento sostenido de Alternativa para Alemania (AfD), partido situado en la derecha radical, frente al cual los restantes partidos mantienen un denominado cordón sanitario o firewall, que excluye acuerdos de gobierno con esa formación. Las recientes elecciones regionales en Sajonia-Anhalt, un Estado de la antigua Alemania Oriental, tuvieron resultados de enorme significación. La AfD obtuvo alrededor del 43,8% de los votos y 39 de los 83 escaños, quedando a solo tres de la mayoría absoluta, mientras la CDU obtuvo aproximadamente 17,2%. El resultado constituyó un fuerte revés para los partidos tradicionales y planteó un complejo escenario para la formación del Gobierno regional.
Pero los acontecimientos del 20 de septiembre ampliaron todavía más la dimensión del fenómeno. En Mecklemburgo-Pomerania Occidental, la AfD se convirtió en la primera fuerza con aproximadamente 38% de los votos, mientras el SPD obtuvo alrededor de 35,5%. La CDU sufrió un resultado histórico de apenas 4,9%, quedando por debajo del umbral necesario para obtener representación parlamentaria. En Berlín, por el contrario, la principal beneficiaria del desplazamiento electoral fue Die Linke, que alcanzó el 25,7% y se convirtió en la fuerza más votada, por delante de la CDU, con 18,8%, y del SPD, con 12,1%. La AfD obtuvo 16,3%.
Estos resultados contienen, a mi juicio, un elemento especialmente significativo: el descontento del electorado alemán no se está canalizando exclusivamente hacia la derecha. En unas regiones avanza la AfD, mientras en otras crecen fuerzas situadas en la izquierda radical. Lo que parece estar produciéndose es, por tanto, una creciente fragmentación y polarización del sistema político, acompañada por el debilitamiento de los partidos que durante décadas ocuparon el centro de la vida política alemana.
El resultado constituye también un serio revés para el Canciller Friedrich Merz. La CDU obtuvo en Mecklemburgo-Pomerania Occidental su peor resultado regional desde la fundación de la República Federal, mientras en Berlín quedó relegada a una posición muy distante de la que tradicionalmente había ocupado. Merz reconoció la gravedad de los resultados y manifestó su intención de continuar en el cargo y con su programa de reformas.
El desplazamiento de una parte significativa del electorado hacia posiciones situadas en los extremos del espectro político plantea interrogantes de particular importancia en un país que constituye uno de los pilares de la Unión Europea y del sistema político occidental.
Falta ahora analizar las repercusiones que esta evolución de la política alemana puede tener sobre el resto de Europa y, muy particularmente, sobre Francia, el otro gran pivote político de la Unión Europea. Francia celebrará elecciones presidenciales en 2027 y los sondeos disponibles muestran a Marine Le Pen en posiciones muy destacadas en distintos escenarios de primera vuelta. Una encuesta de septiembre situó a Le Pen en torno al 33%, a Jean-Luc Mélenchon en 16,7% y a Édouard Philippe en 15,7%, aunque las cifras varían considerablemente según el escenario y el instituto encuestador.
La comparación entre Alemania y Francia debe hacerse, sin embargo, con prudencia. Se trata de dos sistemas políticos diferentes y de sociedades con historias y culturas políticas propias. Pero existe un elemento común: en ambos países los partidos tradicionales del centro enfrentan la presión simultánea de fuerzas situadas a la derecha y a la izquierda de sus respectivos sistemas políticos.
Tampoco es exacto colocar a AfD y a Agrupación Nacional bajo una misma estructura partidaria europea. La AfD forma parte actualmente del grupo europeo Europe of Sovereign Nations, mientras Agrupación Nacional está integrada en Patriots for Europe. Existen, no obstante, coincidencias entre ambas formaciones en materias como el endurecimiento de las políticas migratorias y una posición más crítica frente a determinadas competencias supranacionales de la Unión Europea. En materia de política exterior y relaciones con Rusia también existen puntos de coincidencia, aunque sus posiciones concretas no son idénticas. En el caso alemán, la AfD ha defendido una mayor apertura al diálogo con Moscú y la recuperación de los vínculos energéticos con Rusia, posición que ha recibido públicamente una acogida favorable desde el Kremlin.
En suma, habrá que observar con especial atención la evolución que motiva el título de esta nota: ¿Quo Vadis, Alemania?, es decir, ¿hacia dónde vas, Alemania?
La pregunta trasciende los resultados de unas elecciones regionales. Alemania ha sido durante décadas uno de los principales pilares económicos y políticos de Europa y una pieza fundamental de la arquitectura occidental construida después de la Segunda Guerra Mundial. El debilitamiento de los partidos tradicionales, el crecimiento de fuerzas políticas situadas en los extremos, las transformaciones económicas, los problemas energéticos, la cuestión migratoria y las tensiones sociales configuran un escenario nuevo.
Todavía es prematuro afirmar que Alemania haya entrado definitivamente en un nuevo ciclo político. Pero los acontecimientos recientes indican que el modelo de estabilidad política que caracterizó buena parte de la República Federal está experimentando una transformación profunda. Y por el peso específico de Alemania en Europa, la respuesta a la pregunta “¿Quo Vadis Alemania?” no concierne solamente a los alemanes: sus consecuencias tendrán necesariamente una dimensión europea y, en buena medida, occidental.

