RACISMO, VIOLENCIACONSPIRACIÓN

Pedro F. Carmona Estanga

El asesinato del afroamericano George Floyd de manos de la policía de Mineápolis, causó una de las mayores explosiones de indignación y protestas que han vivido los Estados Unidos. La cruel actuación de los agentes policiales ha merecido un profundo rechazo, pues como lo han manifestado el Cardenal Timothy Dola, Arzobispo de Nueva York y la Comisión de Líderes Religiosos: “El trato inhumano de un ser requiere una respuesta colectiva por parte de toda la gente de conciencia. La búsqueda de la justicia es fundamental en nuestras tradiciones religiosas, y por eso declaramos juntos que toda vida es sagrada, y que todas las personas somos iguales ante la ley en una sociedad democrática”.

Dicho eso, y compartiendo esa firme expresión de los líderes religiosos en contra de toda forma de discriminación o racismo, hay que reconocer que no es la primera vez que en EE.UU. ocurren excesos de la policía en contra de personas de la minoría afrodescendiente. Pero es justo también rechazar los niveles inusitados de violencia y destrucción ocurridos a raíz de ese triste episodio, de manos de grupos vandálicos cuyo único afán es destruir, como una forma de desestabilización institucional y del modelo económico-social imperante.

La actuación del grupo anarquista Antifa de extrema izquierda, que se proclama antifascista, y de otro denominado “Anarquistas de izquierda radical”, fueron señalados por el gobierno estadounidense como promotores de la violencia, ya que la mayoría indignada protestaba pacíficamente, aunque lamentablemente fue también reprimida en Washington. A su vez, los medios reportaron como desde sitios de internet de supremacistas blancos, se alentaban igualmente los disturbios.  Preocupa por tanto la conjunción de factores entre alas racistas, y la rápida reacción de grupos anárquicos organizados y bien financiados, con propósitos diferentes al rechazo a la violencia contra los negros.

Fue clara la presencia de Antifa, la cual según un análisis de la BBC es un grupo de activistas que comparten una filosofía, sin un liderazgo visible, que dice ser un movimiento secreto organizado por células autónomas locales. Una de las actuaciones más notorias la tuvo en contra de la manifestación de ultraderecha “Unite the Right” en Charlottesville, Virginia, en 2017, organizada por grupos neonazis que hacían apología del racismo. Antifa declara oponerse a todas las formas de racismo y sexismo, a las políticas de Trump contra la inmigración y los musulmanes, y mantiene un discurso anticapitalista, aunque con tácticas más de carácter anarquista. Tienen presencia no solo en EE.UU. sino en el Reino Unido (Anti-Fascist Action) y en Alemania (Antifaschistische Aktion), y contarían con más de 77.600 seguidores. ¿Son Antifa y los supremacistas blancos dos caras de la misma moneda? ¿Serán considerados como una organización terrorista por el gobierno de Trump? ¿Tienen alguna conexión con otros grupos violentos en el mundo?

No es casual que a raíz de las violentas protestas ocurridas en 2019 en Chile, Perú, Ecuador y Colombia, los servicios de inteligencia identificaran la acción de grupos ligados al llamado Socialismo del Siglo XXI, al Foro de Sao Paulo y a movimientos globales, para propiciar no solo reivindicaciones sociales que serían legales en forma pacífica, sino la desestabilización de gobiernos democráticos, para abrir caminos al triunfo de candidatos políticos afines a la extrema izquierda. En varias de dichas ciudades se identificaron incluso activistas de los llamados “colectivos” venezolanos, uno de los pilares de apoyo a Maduro, con significativas cuotas de poder y privilegios en Venezuela, los cuales han tejido alianzas con el crimen organizado, con la guerrilla colombiana y con organizaciones terroristas del Medio Oriente.

Ahora emerge una fachada de una izquierda más “potable”: la del Grupo de Puebla, que reúne como ya comentara en una anterior entrega, a una treintena de expresidentes y líderes de izquierda de diez países de la región, quienes se han comprometido públicamente a respaldar a los “gobiernos progresistas”, y a luchar “contra del avance de la ultraderecha en América Latina”. ¿Será ese otro aliciente a la confrontación política desde posturas aparentemente democráticas, por luchas reivindicativas que pudieran tener propósitos ocultos?

Una cosa es el surgimiento de una oleada de movimientos sociales en la década de 2010, a los cuales se refiere Geoffrey Players en su obra “Movimientos Sociales en el Siglo XXI” (2018), los denominados “altermundialistas”, contestatarios de la globalización y el neoliberalismo, que han formado redes de intelectuales y de movimientos populares orientadas a propiciar cambios por medios no violentos. Pero otra diferente son las vías de hecho, y las conexiones entre grupos que comparten la visión maquiavelista de que “el fin justifica los medios” o  la marxista: “La violencia es la comadrona de toda sociedad vieja que lleva en sus entrañas otra nueva”, clásica proclama de Engels y Marx sobre la lucha de clases y la revolución, como medio de “emancipación”.  O la de Lenin: “El pacifismo y la prédica abstracta de la paz, son una forma de embaucar a la clase obrera para que no se rebele contra su opresor”, expresión inequívoca en los postulados del movimiento comunista mundial.

Es así como la anarquía y la destrucción del orden existente como base para que emerja una “nueva sociedad” han estado presentes en muchos ejemplos de la historia contemporánea. Sin ir más allá del vecindario, no por coincidencia, en la Venezuela de Chávez y Maduro, impregnada del espíritu revolucionario cubano, se ha anarquizado y destruido al país, se pauperizó a la otrora próspera clase media, y se arrasó con el sector productivo privado y hasta con las empresas del Estado, para subyugar al pueblo, y que este se rinda ante un Estado omnipotente, benefactor, asistencialista, bajo premisas comunes de la lucha de clases y el terrorismo de Estado. Y no ha estado ausente en Colombia, en el accionar de los grupos más antiguos y violentos que haya conocido la región.

En el mundo de hoy no solo se propicia la exportación de modelos impregnados de una alta carga ideológica, sino la globalización de la violencia, con amplias conexiones, oscuros liderazgos y propósitos, y el uso eficiente de la más moderna tecnología comunicativa a través de las redes sociales. La violencia, cualquiera que sea su motivación es condenable y debe conocerse en sus raíces, pues hace parte de una gran conspiración mundial de la cual apenas alcanzamos a ver la punta del iceberg, y donde con frecuencia se muestran las “orejas” de algunas potencias, y de financistas sin escrúpulos que juegan al caos planetario.